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El mal viaje más largo de la historia

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PCP, un par de rayas de coca y dos vasos de whisky me dieron la bienvenida a Tailandia. Según me habían dicho podrías ir a prisión solo por consumo de drogas, pero eso no impidió a los tailandeses ejercer de buenos anfitriones. Como idea inicial, el plan incluía hacer algo del clásico turismo por Bangkok, aclimatarme al país para sentirme cómodo. Pero después de diecinueve horas de vuelo, el destino tuvo la gracia de ponerme en manos de unos amables locales de buenas costumbres. Necesitaba desinhibirme para lo que venía.

SEXO en mayúsculas. Diosas de sensual mirada y piernas de infarto, parecía el fin del mundo y yo un monaguillo recién salido del monasterio, un ginecólogo sin licencia, un conejo en búsqueda de madriguera. Me sorprendí pillando viagra en cuanto cayó el sol para seguir el ritmo. Lo de la coca y el éxtasis si entraba en mis planes, lo que no imaginaba era lo sencillo que sería conseguirlo, y lo barato, aunque el dinero no era un problema. Fue una suerte encontrar a los tailandeses con mayor espíritu de confraternización del país nada más aterrizar. Fue una de las noches más alocadas de mi vida, y decir esto no era cualquier cosa con mi historial. Parecía que, con toda la droga que había consumido, no dormiría en dos días. Y siendo sinceros, ese llegó a ser el plan. Pero al día siguiente cuando me levanté, o creo que fue al día siguiente, empezó el peor mal viaje de mi vida.

Comencé a caminar por las calles de un mercado sin saber bien cómo había llegado. A mi alrededor todo parecía transcurrir con normalidad, hasta que rápidamente las miradas comenzaban a posarse sobre mi. En ese momento me di cuenta de que veía todo desde una perspectiva extraña, como si fuese diminuto, todo era grande a mis ojos. Al sentirme el centro de la atención, sin saber muy bien por qué, me invadió la vergüenza y eso me hizo saltar.

—¿¡Es que nunca han visto a un americano con resaca?!

Tras mis palabras algunos lugareños comenzaron a gritar, otros a correr sin decir nada.

—Joder no pienso liarme a tiros con nadie, eso son mierdas de Hollywood…

Mi cabeza se sentía como melaza. Necesitaba despejarme por lo que mi idea era combatir la resaca con un exótico zumo de frutas. El problema es que el puesto parecía gigantesco. Era como un niño, muy pequeño.

—¿Podría… zumo de fruta?— dije empezando a gesticular en lo que el tendero me miró horrorizado como si hubiese visto un fantasma y salió a correr.

No me importó, por lo que comencé a trepar por el puesto para servírmelo. En aquel momento me dejé llevar por el viaje que estaba experimentando, pero visto en retrospectiva debería haberme parecido extraño.

En ese momento, al fondo de la calle, unos tipos uniformados de policía venían corriendo vociferando algo en su infernal lengua, a lo que instintivamente salí a correr. No sabía realmente el estropicio que estaría formando, pero desde mi punto de vista diminuto parecía que podía colarme por cada rendija, por cada pequeño hueco de aquel mercado. Fue emocionante, hasta que una tela gigantesca me envolvió. Grité toda clase de improperios, total no me entendían. Lo hice hasta que me quedé dormido.

Fue un sueño extraño, pensé nada más despertar, pero ahí no quedaría la cosa. Desperté en una especie de celda toda de hormigón con una herrumbrosa puerta metálica que contaba con una rendija por la cuál se podían ver unos ojos ligeramente rasgados. No parecían los ojos de un tailandés, de hecho, cuando se abrió la puerta, de ella salió el clásico americano asiático de los que tanto abundaban en San Gabriel Valley. ¿Cómo ha llegado aquí? ¿dónde está su documentación? ¿qué motivos le han llevado a viajar a Tailandia?, preguntaba el asiático que se presentó como Michael. Aquello era extraño, pero más extraño se puso cuando descubrí porque veía todo desde aquella perspectiva tan peculiar.

Al principio pensé que iba vestido de conejo, menuda fiesta tuve que pegarme pensé, pero tras irse Michael me di cuenta de que no se trataba de un disfraz, era mi piel. Era un puto conejo. Aún no se me había pasado el efecto de las drogas. Tal vez me habían dado algún alucinógeno de por allí, pero la alucinación duró algo más que unas horas. Al despertar de nuevo como un conejo pensé que me había quedado tocado. Me había pasado de frenada y no era capaz de volver a la realidad. En ese sentido Michael fue de gran ayuda.

Michael era una especie de terapeuta, o eso pensé, pues me hacía preguntas cuyo objetivo era ponerme los pies en la tierra, recuperar el sentido de la realidad. Cuando le pregunté porqué me veía como un conejo, su respuesta fue ¿por qué crees que te ves como un conejo?, y aunque suene estúpido, tuve un momento de lucidez. Hice introspección y lo vi claro. A pesar de mi imagen de triunfador, de tipo al que todo se la resbala, yo en el fondo era un pozo de inseguridades, me sentía vulnerable y esa sensación buscaba subsanarla con drogas y sexo, lo que a su vez me hacía sentir más vulnerable, de ahí que me viese como un conejo. Ahí entendí que un buen terapeuta no es quién te da la respuestas, sino el que te ayuda a encontrarlas por ti mismo. Aquella pregunta me ayudó a aceptar mi locura y caminar hacia adelante.

Pasado un tiempo pedí que me medicaran, que me ayudasen a pasar ese mal viaje, pero según dijo el propio Michael, era arriesgado probar medicación en mi nuevo estado. No sabía cómo había vuelto a Estados Unidos, no recordaba nada del viaje de vuelta, pero estaba claro que no estaba ya en Tailandia, aunque mi médico fuese de ascendencia asiática. Cuando sucumbes a la locura podría decirse que todo lo demás se relativiza. Sin embargo me sentí aliviado cuando Michael me dijo que hablaron con mi empresa y me concedieron una excedencia hasta que me recuperase. Incluso recibí una carta de mi jefe. Aún así todo era muy confuso.

Me cambiaron de dependencias, de hecho me trasladaron a unas instalaciones nuevas, pero no pude ver donde me encontraba. Según me decía Michael, que era la única persona con la que interactuaba hasta el momento, estaba en un edificio del Centro de Salud Mental de la Universidad Sur de California, pero no tenía relación con otros enfermos, ni con otros médicos. Muy ocasionalmente me sacaban a un jardín con unos muros de hormigón y guardias armados. Entendí que era parte de mi delirio, al igual que las conversaciones que tenía con Michael. La mayoría de las veces eran relativamente normales, charlar sobre mi vida, cómo veía el mundo, pero otras veces las conversaciones se tornaban más confusas. Aún así sentía que poco a poco recuperaba la normalidad y que pronto despertaría un día y dejaría de verme como un conejo. Hasta que mi locura decidió dar un salto al vacío hacia una nueva fase.

Todo empezó una noche. Me desperté sobresaltado porque no me encontraba en mi colchón, estaba sobre una plancha metálica amarrado de las cuatro patas, completamente en vertical, y debajo de mi,había una pequeña piscina. En frente mía pude ver a una persona nueva, también ataviada con bata de médico, un hombre robusto, calvo y con cara de pocos amigos. No dijo una sola palabra. No lo necesitaba. Solo veía como accionaba un mando con varios botones.

Primero, accionando un botón, puso heavy metal a toda pastilla. Después, la plancha sobre la que estaba atado me dio un doloroso calambrazo. Aquello me aterró tanto que me oriné encima. ¿Acaso iban a freírme? El volumen de la música no me dejaba pensar. El Golem, que es el mote que acabaría poniéndole al ser que me atormentaba en sueños, me dio varios chispazos más antes de voltear la plancha en horizontal sobre el agua. Supliqué todo lo que pude hasta que pulsó un botón y se acabó, desperté. No fue inmediatamente pero la pesadilla se evaporó como el humo de un cigarro.

Hablé de todo ello con Michael, nunca había experimentado una pesadilla tan vívidamente. Al día siguiente seguía temblando mientras hablaba con mi terapeuta. Según me explicó el propio Michael, esa pesadilla era una manifestación de los temores de mi subconsciente aflorando a la superficie. Algo relacionado con mis adicciones, lo que me hizo pensar en que no había sufrido síndrome de abstinencia desde que estuve en el Centro de Salud Mental, incluso sin recibir medicación, lo que me resultaba extraño, pero aquel detalle era una nimiedad en comparación al calvario que empezaría a sufrir. Las visitas nocturnas de Golem comenzaron a ser recurrentes, cada sesión con una tortura aún más imaginativa. Siempre terroríficas.

Una noche desperté atado a la misma plancha y una jauría de doberman ladraban furiosos hacia mi. Aunque estaban atados con una correa, la ira en sus ojos y el sonido de las pezuñas arañando el suelo era aterrador. El hecho de que estuviera inmovilizado no ayudaba, aunque mi estancia no daba pie a ningún tipo de huida, por lo que estar libre tampoco hubiese sido un alivio. Y ahí estaba el Golem, con su mando, pulsando esos botones que, en esta ocasión, además de dar chispazos, liberaba las correas de los perros los cuáles se acercaban cada vez más. Llegaron a estar tan cerca que sentía la vibración de sus mandíbulas cerrarse a escasos centímetros de mí, mientras aún tenía que aguantar algún chispazo ocasional.

Otra de las noches, la música heavy que me atormentaba me despertó sin previo aviso dando paso a unos antidisturbios que me aporrearon y golpearon sin piedad. Jugaban conmigo como si fuera una pequeña pelota. El dolor era tal que llegué a pensar que aquello no era un sueño, sino que eran los guardias armados que solía ver en el jardín. Entre patada y patada intenté vislumbrar alguna identificación, pero lo único que vi fueron unos parches de la bandera norteamericana en sus brazos. Al ver a Golem supe que era un sueño. Suficiente, llegó a decir con un acento extraño, fue la única palabra que llegué a escucharle, pero no sería la única paliza que recibiría de los antidisturbios.

Sin duda los sueños con el Golem fueron el calvario más profundo que había experimentado en mi vida. Mis sesiones con Michael me hacían entender que había aceptado mi vulnerabilidad, pero aquellos sueños no eran más que una manifestación de que aún me sentía frágil. En aquella etapa llegué a pensar que realmente había muerto y que aquello era una especie de purgatorio en el que se estaban evaluando mis actos para decidir si el pulgar acabaría hacía arriba o hacia abajo. Por suerte, cuando los sueños se volvieron un problema para mi estabilidad, Michael decidió darme medicación y con la medicación llegó Jennifer.

Jennifer era todo dulzura, un soplo de aire fresco a mi nueva vida de loco. También vestía bata blanca, pero para mi desilusión, también era producto de mi imaginación, pues cuando le pregunté a Michael por ella no sabía de qué le hablaba. Al igual que el Golem era una representación de mi sombra interna, o eso entendí, Jennifer lo era de mi luz. Con ella todo era diversión, nos contábamos anécdotas divertidas, me traía cosas para comer, aunque no solían sentarme bien, escuchábamos música, me consolaba las mañanas en las que despertaba tras una visita del Golem, creo que llegué a enamorarme de ella. Puede que su imagen estuviese inspirada en alguna de las mujeres con las que compartí cama a lo largo de mi vida y mi mente había archivado, pero en aquel momento me salvó la vida. Su mirada cómplice, su dorada melena que acariciaba mi hocico cuando me cogía en brazos, su sutil perfume que me sacaba de aquellas instalaciones… Sin embargo, aunque ella fuese lo mejor que me había pasado desde que me volví loco, también era la evidencia de mi locura, y eso me hundía más aún en mi depresión.

Mi condición me hacía llorar algunas noches pensando en lo que había perdido por haberme dejado llevar por mis vicios. Desesperado por no saber si volvería a recuperar la cordura. No sabía cuánto tiempo llevaba interno, o alucinando completamente viviendo una realidad paralela en mi mente, pero sí sabía que había pasado el tiempo suficiente como para estar seguro de que no había vuelta atrás. Por ese motivo decidí tomar las riendas de mi locura. No tenía claro cómo hacerlo, pero mi plan consistía en focalizarme en Jennifer y borrar de mis pensamientos al Golem. Llegué a compartir mis planes con Michael, quien me dijo que, aunque la aceptación era una fase habitual, no era saludable abrazar mi nueva condición y debía caminar hacia adelante. Ya todo me importaba una mierda. Mi vida anterior había quedado atrás, como una bolsa de congelados al fondo del refrigerador. Conseguí que Jennifer ocupase más tiempo en mis pensamientos, parecía que iba por el buen camino, pero todo cambió el día que conocí a Samuel.

Samuel no tenía aspecto de doctor, no lo era, pero por su evaluación inicial concluí que sería otro de los psiquiatras del centro. Él sí era el clásico americano caucásico, rubio, alto, mandíbula cincelada. Tras una sesión de preguntas un tanto confusas me dijo, hijo, volvemos a casa. Sabía que aquello podría ser otro delirio, pero se sintió como que algo dentro de mi locura había cambiado. Durante el viaje en avión tenía la esperanza de que aquella fuera la forma que mi mente había encontrado para transicionar a un nuevo estado. Pero lo que no me imaginaba es que ese nuevo estado era el camino hacía otra nueva fantasía. Después de aquel viaje parecía haber retrocedido en el tiempo hasta la guerra fría.

En el nuevo centro los interrogatorios eran diarios. No solo sobre mi vida y qué había hecho antes de llegar a Tailandia, me preguntaban cosas sobre cultura norteamericana, historia, geografía, parecía que estaba sacándome el examen de nacionalidad, y esa sensación no iba muy desencaminada. Golem y Jennifer desaparecieron con el cambio de centro, por mucho que me concentrase, Jennifer no volvía. Tampoco me volvieron a dar la medicación que tomaba cuando ella apareció. La pedí, pero no sirvió de nada, mis nuevos terapeutas eran más estrictos. Sentía que mi mente estaba desarrollando unos procesos que aún no entendía. Como tampoco entendía porqué me seguía viendo como un conejo.

Estaba claro que algo había cambiado en mi, ahora interactuaba con más médicos. No sabía si el cambio se debía a haber dejado de tomar medicación o al traslado a las nuevas instalaciones, pero ahora todo se sentía más normal, más familiar. Parecía que había despertado de un largo sueño, aunque seguía vistiendo mi piel de conejo, un conejo que los aliados habían capturado del frente, y la misión de mis terapeutas, era la de desentrañar si se trataba de un espía o de un estadounidense. Justo eso.

—Hijo, me alegro de ser yo quién te anuncie que hemos podido verificar tu identidad. Oficialmente has vuelto a casa Jerry.— dijo Samuel.

Necesité como un par de minutos para procesar lo que acababa de decirme.

—Perdona pero no sé de qué coño me estás hablando, ¿acaso tu también me ves como un conejo?

—Pues claro, eres un conejo.

—¿Quién es el loco ahora?— rompí a reír con una sonora carcajada, —¿Y cómo es que estás hablando con un conejo Samuel?

—Porque al morir en Tailandia renaciste como un conejo, y no, no eres el único que despierta en el cuerpo de un animal.

Todo mi cuerpo se erizó como nunca antes. El shock de la revelación hizo que me costase procesar lo que estaba queriendo decirme. No estaba loco, estaba viviendo una locura. No terminaba de encontrarle el sentido, y las preguntas se agolpaban en mi cabeza, pero cuando la pregunta adecuada apareció frente a mi, las demás parecieron hacerse a un lado.

—¿Has dicho que he vuelto a casa? ¿dónde estamos?

—En Nueva York, no has estado en el Centro de Salud Mental de la Universidad Sur de California como nos has contado, esos putos amarillos han estado jugando con tu mente todos estos años.

—¿Años?, se que he pasado tiempo… ¿amarillos? ¿hablas de chinos?

—Cuatro años señor Foster, y sí, usted ha estado todo este tiempo en el gigante asiático, pero por fin está en casa.

Mi viaje había terminado, había vuelto a casa.

¿Quieres saber que fue de Jerry? El conejo es uno de los personajes principales en “Contra Natura”, la primera novela de SWGEEN.

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