Mery Sterns nunca tuvo mucha confianza en sí misma. En la partida de la vida no le habían tocado buenas cartas, no era atractiva, tampoco especialmente inteligente, ni había nacido en el lugar y la familia adecuada. Anodino era todo lo que la definía, algo con lo que ella no se sintió muy cómoda a lo largo de su insustancial vida. Aquella falta de sustrato abonó el escenario idóneo para que Mery cultivase una notable obstinación por cambiar el tablero que se presentaba frente a ella.
Su empeño se convirtió en tenacidad para obtener la licenciatura en empresariales en la Universidad de Wichita, pero un título universitario del Medio Oeste no la ayudaría en exceso a mejorar sus cartas. Su determinación la llevó a vivir a Chicago, pero la competitividad de la ciudad de los vientos no tenía un espacio reservado para la joven Sterns. Sin embargo, fue allí donde encontró el objeto de su mayor obsesión, una que la llevaría a alcanzar su ansiada significancia.
La noche empezó con una cita concertada con Huguie Mars, un reputado experto del Museo de Historia de Chicago. En sus manos había recaído la tarea de comisionar un colgante que había pertenecido al monarca europeo Luis II de Baviera. Según la información que tenía Mery, cuando se trataba de piezas de bajo perfil como aquella, Mars extraviaba los registros de las mismas para obtener un beneficio. Era de vital importancia conseguir esa pieza, la misión más importante de su vida, y estaba dispuesta a hacer lo que fuese para conseguirla.
A ojos de Mars, Mery era una consultora de arte que trabajaba para una fortuna de la costa este. Ella estaba en la ciudad para encontrar piezas llamativas para el penthouse de su jefe en Nueva York y eso la había llevado a Mars. Llevaban una semana de negociaciones y en su empeño, Mery ya había pasado por horas de intercambio de anécdotas, por halagos, dos aumentos de la oferta inicial, y un ofrecimiento de sexo oral. Aún así, Huguie seguía resistiéndose a entregar la pieza.
Mery no daría un paso atrás, por lo que, a pesar de su insoportable pedantería, la joven accedió a tener una cita en el despacho de Mars dentro del Museo de Historia. La idea era tomar un vino mientras Huguie le explicaba la exquisita manufactura con la cual estaba labrado el medallón que componía el colgante. Ella llevaría la botella, y no una barata, el historiador, a pesar de haber amasado una buena fortuna con el contrabando de piezas, tenía las costumbres propias de un maltrecho buscavidas con ínfulas de magnificencia. Cansada de escuchar palabras vacías decoradas con esmero, Mery elevó la oferta por la pieza con el objetivo de cerrar el trato esa misma noche. No podía perder más el tiempo con ese imbécil, pero recibió una contra oferta muy deshonrosa. Aceptó, no sin antes pedirle que se lavase. Cuando Huguie regresó aseado a su despacho, Mery le esperaba con una copa de vino aderezada con el contenido de dos cápsulas de somníferos.
—Hasta el fondo.— le ofreció ella buscando que su lasciva mirada y el doble sentido más básico fuesen suficiente para que él aceptase su regalo, y con suerte, evitar el coito.
Él bebió, pero su elevado líbido le hizo llegar hasta el final, aunque al momento de eyacular su cuerpo se movía como el de un anciano en una verbena de barrio. Al finalizar, Mery le dio el cheque que sellaría el acuerdo, pero Mars insistió en salir a bailar antes de dar por terminado su intercambio. Él quiso dejar el colgante en el despacho para recogerlo al terminar la noche, pero Mery no estaba dispuesta, y aunque aceptó, lo guardó en su bolso aprovechando el adormecimiento de Mars. Su corazón iba a mil por hora, nunca había robado, aunque realmente su idea no era robarlo, pagaría por él. Tampoco había ofrecido antes su cuerpo como parte de un intercambio, nunca lo habían aceptado como pago de nada. Sin embargo, ahí estaba Mery, conduciendo a la otra parte de la ciudad para llevar al casi moribundo Huguie a una discoteca para saciar sus masculinidad. Pero camino al local, entre anécdota y anécdota sobre las personalidades de la ciudad que Mars conocía, el historiador vio como algo sobresalía del bolso de su acompañante.
—Oyeh, ¿qué hace aquíh el corgante del rey de Baivieira?
—Dijiste que el adecuado intercambio de fluidos sellaría el acuerdo, no sé si lo recuerdas pero acabamos de tener sexo, Hugh. Llevo el talonario encima si es eso lo que te preocupa.
—Teh dijj que luegoh volveríamos a por él a mi despacho. ¡Primero a bailar!, y puede que otro polvo. ¡Da la vuelta! No estoy de acuerdo con los terrrminos de este acuerdo.— contestó dando un par de manotazos débiles a la conductora.
—¡Hijo de puta mal nacido! ¡No pienso dar la vuelta!— gritó Mery en lo que paró el coche y se subió encima de él agarrándolo del cuello.
Desde fuera, la pareja parecía que había parado para dar rienda suelta a su pasión. Dentro, a Mars apenas le quedaban fuerzas para defenderse. No dijo una palabra más. Se acabó la pedantería, las triquiñuelas y las proposiciones indecentes. Dejándose llevar por el odio que sentía hacia Hugh, por lo doloroso que fue ofrecer su cuerpo a alguien tan indigno, por lo insignificante que la hacía sentir con su superioridad maltrecha, Mery apretó y siguió apretando su cuello, pero cuando Mars dejó de balbucear, sus manos dejaron de aletear, y por fin se entregó en los brazos de Morfeo, Mery paró. ¿Lo he matado?, pensó para sí tremendamente alarmada. Se acabó el frenesí de la venganza. Ya no encontraba placer en la violencia, sino pavor en cada rincón de aquel lujoso vehículo.
Con la mano temblorosa le tomó el pulso… tuvo que concentrarse para cerciorarse de su estado. Su corazón martilleaba con tal fuerza que casi parecía imposible encontrar el pulso de Mars. Pero ahí estaba, débil como un pajarillo recién salido de su huevo. Respiró aliviada pero también aterrorizada, casi mata a un hombre, ¿y por qué? Porque era un asqueroso bastardo, y por perseguir su sueño.
Por fin tenía la pieza en sus manos, el colgante de Luis II de Baviera, pero no podía regodearse en su triunfo, debía salir de allí inmediatamente. ¿Me habrá visto alguien estrangularlo? ¿qué pasará cuando se despierte? ¿me denunciará? ¿y si no despierta?, y sin tener claro cómo actuar salió del coche como un rayo. Solo pensar en Hugh Mars la repugnaba, pero no podía dejar que muriese, ella no era una asesina. Llamó temblorosa a una ambulancia, se quitó los tacones, corrió dos manzanas y cogió un taxi para dejar atrás aquel desagradable incidente.
Cinco horas más tarde viajaba con su propio coche fuera de la ciudad. Un poderoso escalofrío aún recorría su cuerpo. Por momentos no se reconocía a sí misma, en otros, mantenía su perplejidad ante los límites que estaba dispuesta a traspasar, de lo que era capaz de hacer. Al igual que dejaba atrás la ciudad, sentía que su vida quedaba allí, ya no podría volver. No solo había sido su primer delito, era uno que la podría llevar a estar a la sombra por el resto de su vida.
Tras conducir incansablemente hasta el amanecer, Mery estaba frente al objeto de su obsesión, Arno Carussa. Al verlo, sus dudas se disiparon, su convencimiento era firme, por él siente que mataría, le entregaría su vida, y así fue. Arno había aparecido en su vida hacía un año y medio de la mano del mismísimo Medice Sotory, el líder espiritual de la Sociedad Ocultista de Los Grandes Lagos. Este grupo reunía a las personas de los seis Estados que recorrían los Grandes Lagos con inquietudes en aquello que parecía trascender la ciencia: fenómenos paranormales, espíritus, estudios de textos antiguos… Mery estaba convencida que la grandeza de este mundo le había sido negada, y sólo adentrándose más allá de lo que el conocimiento académico le ofrecía sería capaz de alcanzar la trascendencia.
Mery llevaba poco más de dos años acudiendo a las reuniones de la Sociedad en Chicago, pero desde el momento en el que apareció Arno todo cambió. Según el propio Medice le explicó cuando se incorporó al culto, la Sociedad Ocultista de los Grandes Lagos es una organización transversal en la que todos somos recipientes del conocimiento que el sistema nos niega, pero en realidad no era así. La mayoría de los miembros de la Sociedad se dedicaban a estudiar e investigar nuevas vías para alcanzar el verdadero conocimiento, pero sólo el Círculo Interno eran los custodios de las pruebas que atestiguan la verdad que se negaba al ciudadano de a pie. Sin embargo, cuando Arno entró en el Círculo, él decidió liberar gran parte de los conocimientos de la cúpula en la obra La naturaleza secreta del mundo. En dicha obra, el propio Medice revelaba muchos de los hilos que mueven nuestra naturaleza, algunos inimaginables hasta el momento de su lectura. Aquella apertura causó conflictos en el Círculo Interno, pero la teoría de Arno demostró ser válida, y desde entonces, la Sociedad creció como nunca. Sotory obtuvo el reconocimiento social que merecía. Al ampliarse el culto, Arno estableció en la organización escalas de conocimiento, peldaños por los que Mery subiría hasta recibir las instrucciones que la llevarían a ese preciso momento.
Arno tenía un aspecto peculiar. Tenía cabello largo y negro, caía justo por encima de los hombros, negro y ondulado suavemente, siempre peinado hacia atrás. Su cara se veía presidida por una enorme nariz acompañada de un tímido bigote. Arno no cumplía con el canon de belleza pero eso no impedía que conquistase a múltiples mujeres dentro y fuera de la Sociedad. Su aura magnética resplandecía con la luz del alba cuando este le recibió en el rellano de su apacible casa de campo. Arno besó en la frente a Mery y cogió el medallón delicadamente mientras que ella pasaba al interior de la propiedad. Arno llamó a un joyero y mientras este llegaba, el líder le pidió a Mery que se duchase y preparase para el día más importante de su vida.
El joyero examinó el medallón por horas. Mery estaba segura de que el colgante era el original, por lo que no entendía porqué el joyero no hacía más que examinar el rubí que se encontraba en su interior. Las dudas sobre su autenticidad la carcomieron por dentro. ¿Y si resulta no ser el original? ¿Todo lo que he hecho hasta el momento habría sido para nada? ¿Cómo podría volver a mi anodina vida después de lo que he hecho? Para algunas de las pruebas que el joyero realizó, Arno le pidió privacidad, envolviendo aquellos momentos de tensión en un halo de misterio. Arno tenía la capacidad de hacer que, aquello que sonaba como una chaladura para los no iniciados, tuviesen una base de credibilidad y fundamento. Él había sido quién había conseguido que una editorial publicase a Medice, quién le consiguió entrevistas en medios públicos, lo convirtió
en un personaje público. Arno le había acomodado un hueco a Medice
en la inquietud espiritual del norteamericano medio. Mery no sabía que haría con su vida si aquel experto desechaba sus esfuerzos en aquel proceso, pero tras horas de un exhaustivo análisis la validación del joyero llegó.
—Ahora debemos esperar un año.
—¡¿Qué?! ¿así sin más? ¿cómo voy a volver a mi casa, mi trabajo…? ¿qué… qué pasa con el perito del museo?
—Todo eso ha quedado atrás. Por lo que me has contado, las cámaras del museo han tenido que grabarte, y si el perito te denuncia por robo pondremos el foco de las autoridades sobre nosotros, no lo podemos permitir ahora que estamos tan cerca. Pero no te preocupes. Eres una mujer excepcional como pocas, por eso te escogí. Has dado un paso que nadie más ha dado en la Sociedad. Te daremos una nueva identidad, pasarás a trabajar en mi inmobiliaria en Detroit. Y dentro de un año… elevaremos nuestro espíritu hacía el nuevo plano espiritual junto a Sotory.— y tras aquellas palabras Mery recibiría el beso más dulce que había experimentado en su vida.
Durante las primeras semanas, Mery tuvo miedo de haber sido utilizada, de que Arno le entregase o de que la policía diese con ella, de que él desapareciese con el colgante, pero nada de eso sucedió. Arno tampoco se convirtió en su pareja como ella soñaba, pero se mantuvo a su lado, disfrutó ocasionalmente de su cuerpo y juntos esperaron el año necesario para iniciar el ritual. En ese año, Mery se sintió realizada como nunca antes. Detroit no era una ciudad glamurosa, pero en ella, Mery encontró su sitio. Se desarrolló como profesional y se convirtió en una persona de referencia dentro de la Sociedad Ocultista de los Grandes Lagos. Su anodina vida quedó diluida como una gota de vino en el mar. Ya no era más Mery Sterns, ahora era feliz como Marie Benacourt.
El año de espera, que al principio se sentía como una pesada losa sobre su pecho, perdió relevancia para ella, y sin apenas notar el paso de los meses, el día llegó.
—Debemos viajar a Toledo ahora mismo. El ritual será esta misma noche. Deja que haga unas llamadas y partimos.— dijo Arno seguido de un beso en la mejilla.
Marie se mantuvo emocionada durante el camino a Toledo, Ohio. Durante el trayecto, el líder espiritual hablaba obsesivamente de la importancia que tendría el ritual que llevarían a cabo esa misma noche. Marie, muy atenta a sus palabras, reflexionaba sobre lo que estaba apunto de suceder. Ella siempre había creído en las palabras de Sotory y Arno sobre todo aquello que sus ojos no habían podido ver, pero aún no había visto nada. Hasta el momento, solo su fe la había mantenido en línea con el pensamiento de la Sociedad. Ella estaba agradecida con la vida que le habían proporcionado, había hecho grandes sacrificios para llegar a ella, sin embargo, de ser cierto todo lo que La naturaleza secreta del mundo promulgaba, no estaba segura si estaba preparada para los actos que se llevarían a cabo en la finca de Toledo. Con ellos, en el coche viajaba un gato maine coon negro. Un felino de proporciones exageradas con un hermoso pelo largo, muy exótico. El animal descansaba en el asiento de atrás muy atento a las palabras de los pasajeros. Nadie, salvo los miembros del Círculo Interno, sabían con certeza qué pasaría en ese ritual, pero por las palabras de Arno, aquello lo cambiaría todo para la Sociedad y ella se había convertido en parte clave para hacerlo posible.
A los pies del lago, una mansión repleta de seguidores recibía a Arno y Marie aclamados por sus compañeros. El propio Medice les recibiría en persona. Un honor solo reservado para los nuevos miembros y aquellos pertenecientes al Círculo Interno.
—Querida Mery, solo si atraviesas la puerta…
—…podrás ver lo que hay detrás. Gracias maestro Sotory.— contestó Marie entusiasmada por las palabras de su maestro.
Aquel proverbio fueron las palabras que el líder espiritual escogió para convencerla a dar el paso que la llevaría a unirse a la Sociedad tres años atrás. Marie estaba emocionada porque él recordase las palabras que le dedicó en ese momento tan importante.
—Gracias a ti Mery Sterns. Esta noche atravesaremos juntos una nueva puerta.— contestó Sotory con una sonrisa y emprendió el camino de vuelta a la mansión rodeado por los gritos de sus seguidores reclamando atención.
—Disfruta de la compañía de tus hermanos, pronto vendrá alguien a facilitarte la indumentaria para la ceremonia.— le dijo Arno con el gato en brazos para después seguir a Sotory al interior del edificio.
Arno pasaría a ultimar los preparativos con el Círculo Interno, mientras, Marie recibiría los halagos y la atención de cada uno de los asistentes. Conforme pasaban las horas, el nerviosismo recorría la propiedad. Había un ambiente calmado, el aire estaba ligeramente cargado y olía perfumado, una suave brisa recorría las túnicas con las que los miembros se habían ataviado para la gran noche. Sin esperarlo, Marie fue apartada del grupo por un notorio miembro del Círculo Interno, Howard Hamilton.
—¿Por qué no confiaste en nosotros para traer el medallón, niña?— increpó malhumorado Howard a Marie mientras la sujetaba por el brazo con autoridad.
—Porque fue él y no vosotros quién me encomendó la misión de conseguirlo Howard.
—Él no ha demostrado nada de lo que ha dicho hasta el momento, solo nosotros estuvimos en presencia del perro hace veinte años, ¡solo nosotros hemos presenciado el poder de un animal espiritual!— gritó entre susurros el miembro del Círculo Interno. —Menoscabar nuestra autoridad es una falta de respeto a la Sociedad y es algo que estamos teniendo muy en cuenta hoy…
—El maestro Sotory me ha agradecido mi servicio personalmente, ¿y eres tú quién dice que no respeto esta institución?— le contestó Marie con seguridad mientras arrebataba con fuerza el brazo de Howard.
—Tu no conoces a Carussa niña, la Sociedad ha trabajado por muchos años para encontrar indicios de la verdad, ¿y ahora este tipo resulta traer el conocimiento prohibido debajo del brazo y lo comparte con medio mundo? ¿no ves que hay algo que no encaja muchacha?— insistió sujetando a Marie de sus hombros.
—Tú deberías saber mejor que yo que aquel perro no es el único animal espiritual en este plano. Debes admitir que haya otras fuentes de conocimientos ajenas a ti, ¡porque de lo contrario serás un ignorante!
Marie no se reconocía a la hora de tratar a Howard. Nunca había tratado de aquella forma a un superior, y menos a alguien a quién admiraba, pero los acontecimientos de las últimas horas, y tal vez su falta de descanso, habían cambiado su percepción de la situación. Sin embargo ella estaba cómoda con ello.
—Tú misma Marie, mira lo que le ha pasado a Paul. Paul era uno de los nuestros, tal vez de los más elevados junto a Medice, ¿y ahora quién sabe dónde está? ¿acaso ha sido su ignorancia lo que lo ha llevado a desaparecer? Escúchame atentamente, como algo salga mal esta noche, tú también morirás por mi mano.— contestó Howard con contundencia y se marchó.
Paul era otro miembro del Circulo Interno que llevaba varios meses desaparecido. Según se hablaba entre los miembros más allegados a él, Paul había encontrado pistas de un animal espiritual que trabajaba con el gobierno, un buitre, y con la misión de encontrarlo, Sotory le encomendó seguir las pistas que Arno y los suyos habían encontrado. Cuando Arno le habló a Marie sobre Paul, este le contó que el FBI lo había capturado y que estaba trabajando con sus contactos en Washington para que el miembro pasase a ser visto como un consultor y no como una amenaza. No obstante, las palabras de Howard la hicieron pensar, ¿y si Paul fue utilizado por Arno con peores resultados de los que había obtenido ella? ¿y si la desaparición de este era una estrategia para obtener una posición más relevante en el Círculo Interno? ¿a qué se refería Howard con “si algo sale mal esta noche”? ¿realmente estaría dispuesto a matarla? Desde que Arno entró en el Círculo Interno era sabido por todos que había una guerra abierta por conseguir el favor de Sotory, y sus antiguos allegados la estaban perdiendo.
Mientras, en el interior del edificio, Sotory mantenía una reunión clave con los miembros del Círculo Interno. La reunión más importante de su vida. Aquella noche él apostaría todo, y en caso de perder dicha apuesta, debía dejar su legado bien atado. Mientras Medice se dirigía a sus discípulos, Howard no quitaba ojo a Arno. Lo escudriñaba como si intentase leer su mente, estudiando cada gesto, su postura, su mirada. Howard no estaba de acuerdo con lo que estaba a punto de suceder. Era un riesgo que no quería tomar, menos, a sabiendas de que la información que les había llevado a ese momento provenía de Arno. Howard le odiaba con todo su ser.
La reunión con el Círculo Interno terminó, y Arno salió en busca de Marie para que se uniese al grupo. Al entrar en el edificio un aroma a incienso les recibió con intensidad. No quedaba nadie en la mansión que no estuviese en el salón principal. El aspecto de este era sobrecogedor. El suelo estaba cubierto de tierra y velas que iluminaban la estancia. Las lámparas y el cableado eléctrico habían sido arrancadas de la estructura. Allí estaba Sotory, y frente a él, el precioso gato maine coon estaba sentado observando a todos y cada uno de los miembros del Círculo Interno. Entre ellos Arno y Howard. Ataviados solo con prendas naturales confeccionadas a mano, el ritual daría comienzo. Marie no podía creerlo, había sido elegida para formar parte de aquel momento mágico.
Sotory bebió un brebaje, y tras unas palabras introductorias necesarias para que la sustancia ingerida fuese asimilada por su organismo, Medice procedió a alzar la daga ceremonial. Marie no podía creerlo, iba a atestiguar con sus propios ojos y estaba muy nerviosa por lo que estaba apunto de presenciar. El propio Sotory estaba nervioso, su determinación no podía cubrir el atisbo de duda que se observaba en su mirada, sin embargo, en un movimiento limpio, Medice se degolló delante de sus seguidores.
Rápidamente, Arno sujetó el cuello de Medice y dejó que su sangre se vertiera sobre un cuenco. Aquel gato debía beberla si querían que el ritual tuviera éxito. Entre los miembros del Círculo Interno se desató un nerviosismo más que latente. De no finalizar correctamente, la muerte de Sotory habría sido en vano. Arno colocó el cuenco frente al felino, y este, no sin antes mirarlo a los ojos, bebió felizmente la sangre de su líder espiritual. Las lágrimas de algunos de los presentes saltaron al ver como el ritual se completaba. Aún así, todavía quedaba esperar para ver los resultados.
Tras beber, el gato se quedó paralizado por unos minutos que se sintieron eternos. Todos permanecían arrodillados frente a él esperando a que este abriese los ojos.
—Hola queridos hermanos. Es hora de alzar nuestras almas y sincronizarlas con el espíritu de la tierra.— dijo el gato, a lo que el resto de presentes gritaron y lloraron de alegría.
Ver a un gato hablar fue impactante para Marie. La mayor parte de los miembros del Círculo Interno ya habían visto a un animal espiritual, pero para ella la experiencia fue sobrecogedora. Apenas pudo moverse de su sitio por unos minutos. No fue hasta que todos los presentes pasaron a darle la bienvenida a Sotory a la nueva vida que Arno la llevó ante la presencia del gato para que ella hiciera lo mismo. Marie estaba paralizada, incluso temblaba un poco ante la magnificencia de aquella presencia, sin embargo sintió una epifanía y encontró las palabras para darle la bienvenida a su líder.
—Solo si atraviesas la puerta…
—…tendrás acceso a los conocimientos que aguardan en la otra vida. Gracias por hacerlo realidad, Marie, no hay mejor compañía posible para el círculo que necesito a mi alrededor en esta nueva etapa.
Marie no sabía qué decir, qué pensar, ahora era miembro del Círculo Interno por derecho propio, era la custodia de un animal espiritual, pero había más. Arno la sujetó con dulzura de sus hombros y la llevó hacia la salida de la casa junto con el resto de miembros que habían estado presentes en el ritual. Sotory caminaba por sí mismo liderando el paso hacía la salida. En el exterior, el resto de la Sociedad Ocultista de los Grandes Lagos esperaba fervorosa a la espera de noticias sobre el resultado del ritual. Lo que no esperaban era ver con sus propios ojos como la línea entre lo real y lo mitológico se desdibujaba frente a ellos.
—Queridos hermanos, esta noche damos inicio a una nueva era. Ahora todos sois custodios de una verdad que le ha sido negada a la humanidad por milenios. Este cuerpo me permite ver más allá de los que lo hacían mis antiguos ojos. Puedo ver vuestro coraje, vuestro compromiso, vuestra valía. Vosotros y solo vosotros construiréis peldaño a peldaño el camino de la humanidad a una nueva era. Yo os diré cómo, a través de Arno.— los miembros antiguos del Círculo Interno salieron de su trance para observarse entre ellos con incredulidad. —Como podréis imaginar, la humanidad no está aún preparada para la verdad que estáis presenciando en este momento, la verdad sobre cómo podemos trascender de la otra vida. Debemos de pensar con cuidado cuáles serán los pasos que guíen al resto hasta este punto como hasta ahora lo he hecho yo con vosotros. Pero ahora debo mirar más adelante, y por ello Arno mantendrá su mirada en vosotros, y los que están por llegar. Disfrutad de la noche, hoy he trascendido a un nuevo plano espiritual, pero vosotros habéis evolucionado conmigo.
Después de aquella palabras Arno sujetó al gato y se montó en el coche en el que habían llegado. Los seguidores de Sotory gritaban y bailaban de alegría, los antiguos miembros del Círculo Interno no podían creer cómo habían sido despreciados por su maestro en detrimento de Arno, y Marie se mantuvo en su sitio observando como Arno se alejaba lentamente de la propiedad de la Sociedad. Sotory había muerto en aquel salón. No sabía quién era ese gato, ni quién era Arno, pero ellos habían hecho a la Sociedad custodios de la naturaleza secreta del mundo, ellos sabían lo que valía ella, y por primera vez en su vida, Marie estaba justo donde merecía estar.
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