A 60 km de la costa de oro, en África Occidental, un puesto de control de las Fuerzas de Cooperación Regional Europeas esperaban la llegada del convoy desde hacía varios días. El sargento Lambert sabe qué vehículos debe parar, cuál es el cargamento que llevarán y el procedimiento a seguir, pero eso no le hace estar más tranquilo, al contrario, le preocupa que sus manos se manchen de nuevo de sangre.
Una semana atrás, Lambert y su escuadrón tenían las mismas instrucciones en el mismo puesto. Un convoy se dirigía a Samanko, el mayor vertedero ilegal de residuos electrónicos de todo el continente. Aquel era el destino final de miles de toneladas de residuos procedentes del primer mundo. Según sus superiores, dicho convoy tenía la misión de establecerse allí y dar visibilidad a la negligencia que el gobierno local perpetraba contra su gente en colaboración con las autoridades europeas. Un escándalo que no se podían permitir ante la actual situación de tensión que atravesaba el país. El problema es que aquel convoy tenía una fuerte determinación por llegar al vertedero, y un error de uno de sus soldados provocó una masacre sin paliativos. Todo el convoy murió, todo fue silenciado, sin embargo, nuevas noticias llegaban a la embajada. Aquella organización volvería a intentarlo, y la misión de Lambert era impedirlo, a cualquier precio.
Hasta el momento, su trabajo había sido relativamente sencillo, velar por la seguridad de todos, locales y extranjeros. Ya fuese en aquel cruce de caminos, o en plena ciudad, donde le asignaran, pero aquel incidente lo cambió todo. Lambert nunca había matado a un inocente, y tampoco se había visto en la obligación de encubrir un asesinato de esa naturaleza, pero ahí estaba, en aquel cruce de caminos esperando a que otros africanos tentasen a la suerte. Ellos no tenían órdenes de ejecutar a nadie, pero tenía claro que la embajada no quería que nadie hiciese ruido sobre Samanko. Uno de los mayores pecados de Europa. Sabía, que la embajada estaba dispuesta a pagar el precio por mantener sus intereses, y eso lo perturbaba.
El puesto de control, a pesar de estar a solo 60 km de la costa, y de uno de los principales puertos de la costa de oro, estaba prácticamente en medio de la nada. Era un simple cruce de caminos, pero dicha bifurcación conectaba con dos de los puntos más importantes de la región, el vertedero y la mina de oro. Debido a aquella peculiaridad, en torno al cruce se habían establecidos varios puestos de venta ambulante, pero nadie vivía allí. Era un lugar inhóspito rodeado de la más implacable llanura.
Lambert había aleccionado a su escuadrón después del incidente, pero el sargento no tenía garantías de lo que pudiese suceder en este segundo encuentro. Los alborotadores podrían querer tomar represalias por las muertes de sus compañeros, o los propios locales podrían sublevarse ante la acuciante falta de agua en la región. Aquella escasez estaba sacando lo peor de la población y de los foráneos. La falta de agua afectaba a los nativos y sus negocios, pero también a los intereses de los extranjeros, como ellos, quienes esquilmaban sus tierras. Uno de los soldados compartía su cantimplora con uno de los vendedores ambulantes cuando llegó el momento. Cuatros camiones se acercaron al puesto de control. Eran ellos.
—Documentación propia y de la mercancía, ¿qué lleva?— preguntó el sargento al cargo del control en Francés.
—Es una planta de reciclaje modular.— respondió el conductor del primer vehículo también en francés.
—¿A dónde se dirigen? Mi equipo revisará la carga de los vehículos.
—A Samanko, dónde sino.
—No tienen permiso de las Naciones Unidas, ¿de dónde es esta empresa?
—Lo pone ahí, somos de Nigeria. Con el debido respeto, no se necesita permiso de Naciones Unidas
para trabajar aquí.
—¿A eso vienen? ¿a trabajar a Samanko?
La situación se ponía tensa por momentos. Los soldados europeos revisaban la carga ante la mirada atenta de los ocupantes de los vehículos. En uno de los camiones, los soldados estaban ordenando a los ocupantes a sacar las cajas que transportaban y abrirlas.
—Lo siento pero si no tienen permiso de las Naciones Unidas no podemos permitirles pasar de este punto con esa mercancía.
—Le repito que no necesitamos permiso de Naciones Unidas para trabajar en Samanko. Póngame en contacto con las autoridades locales señor…
—No será necesario, las Fuerzas de Cooperación tienen autoridad para negar el paso de ciudadanos sospechosos.
—¿De qué se nos acusa?, tenemos todo en regla.
—Voy a tener que pedirle que se baje del vehículo con las manos en alto.
—Usted parece que tiene órdenes concretas para que no lleguemos a Samanko, ¿verdad señor Lambert?
Cuando el sargento escuchó su nombre, un terrible escalofrío recorrió su cuerpo. Sabían quienes eran, que sus manos estaban manchadas de sangre, habían preparado aquel encuentro, nos están emboscado ellos a nosotros, vienen con sed de venganza, pensó para sí Lambert.
—Bájese ahora mismo del vehículo y ponga las manos en alto. ¡¿Qué lleva el copiloto en el hombro?!, ¡ponga las manos en alto!— gritó el soldado poniendo en alerta al resto de su equipo, que inmediatamente procedió a apuntar a los ocupantes de los vehículos con sus ametralladoras.
—Es una cámara, ¿acaso necesitamos un permiso de Naciones Unidas para grabar los abusos de los extranjeros en nuestra tierra?
—¡Quedan detenidos por terrorismo…— gritó alterado Lambert mientras abría la puerta del vehículo y apuntaba con el cañón de su ametralladora al conductor.
—Tranquilícese señor Lambert, esta vez tenemos la situación completamente controlada.— respondió el conductor apaciblemente mientras levantaba las manos con suavidad.
Cuando Lambert quiso mirar a sus compañeros de escuadrón observó que estaban completamente rodeados. Los vendedores se habían convertido en guerrilleros armados hasta los dientes en cuestión de segundos. Nadie abrió fuego, no hizo falta, les superaban claramente en número. En cuestión de minutos el escuadrón estaba de rodillas y sin ropa frente al copiloto que cargaba una cámara en su hombro.
—Control, ¿cuál es el paso a seguir?— preguntó el copiloto en swahili a través de un walkie talkie.
A cientos de kilómetros, una sala repleta de monitores seguía la actuación del convoy y las de otros equipos en otras localizaciones.
—¡Nos los llevamos!, taparles los ojos.
***
Al día siguiente, la noticia de la desaparición del escuadrón llegó a la embajada francesa. Esta, no tenía constancia de que el convoy hubiese llegado a Samanko, sin embargo, el embajador estaba preocupado por la evolución de los acontecimientos. El escuadrón fue el responsable de cubrir el incidente de la semana anterior, y ante la posibilidad de que los torturasen no sabía que sería peor, si el hecho de que se filtrara un video con la confesión de sus soldados, o un video con la decapitación de los mismos. No tenía efectivos para mandar a investigar lo sucedido debido a la inestabilidad que se vivía en las calles, pero necesitaba una respuesta. De filtrarse que las Fuerzas de Cooperación Regional Europeas habían estado involucradas en un incidente de aquella naturaleza, la situación explotaría en cuestión de horas. La embajada perdería toda credibilidad, y la población le perdería el respeto a las Fuerzas de Cooperación, sería nefasto para todo el que tuviese piel blanca en el país. Debía vigilar a los medios, especialmente a aquellos que parecían haber olvidado su lealtad a la embajada. Desde que la crisis del agua y suministros había comenzado, el contrato social que mantenían ambas culturas parecía estar resquebrajándose. Si el incidente tan solo llegase a los oídos de un periodista rebelde, la posición de Francia en el país quedaría erradicada, incluso su vida podría estar en peligro, debía obtener una respuesta. Inteligencia no sabía si se trataba de un grupo con conexión con Al-Qaeda o Al-Shabaab pero la situación con el agua parecía relegar aquel asunto a un segundo plano.
La planta de tratamiento de aguas de Kwabena era la responsable de suministrar de agua a la capital y las regiones colindantes. Eso incluía a casi tres millones de personas y a la mina de oro que daba nombre a la costa occidental del continente. La falta de agua estaba provocando la pérdida de cosechas, un aumento de los problemas de salud en la población y la paralización de las actividades mineras. Durante las dos semanas en las que los cortes en el suministros se sucedían, ya se habían registrado numerosos altercados sociales. Las Fuerzas de Cooperación Regional Europeas comenzaban a verse desbordadas, y el último incidente con el agua no ayudaba a calmar los ánimos de la población. Un par de semanas atrás, un incendio en el local nocturno de Osman Mensah, el hijo del presidente, había requerido una gran cantidad de agua para evitar que edificios importantes del barrio financiero ardieran. En consecuencia, muchos locales pedían la cabeza del joven Mensah.
Ensimismado en sus reflexiones, el embajador fue interrumpido por uno de sus funcionarios.
—Señor, el joven que lleva desde ayer en la puerta insiste en que debe de hablar usted, dice que es el hijo del presidente ¿qué hacemos?— dijo en francés.
—Pues nada, déjale pasar para que tratemos temas de estado, ¡¿pero usted en qué está pensando?! Repasemos, el chico no trae identificación, prácticamente no trae ropa, tiene pinta de enfermo y desnutrido… y solo lleva un viejo móvil consigo, ¿cierto?
—Sí señor.
—¿Y que se supone que debe de hacer la embajada con los vagabundos que vienen aquí pidiendo audiencia? ¿por qué no se lo han llevado las autoridades locales como solicité ayer?
—Porque la policía está desbordada señor. Si me lo permite, creo que debería de solicitar al presidente que declare el estado de emergencia en la ciudad.
—¿Entonces por qué vienes a molestarme con semejante gilipollez?
—Disculpe señor.
El joven que esperaba en la puerta de la embajada no desistió de su misión. Contactar con el embajador era su prioridad vital. Llevaba dos días sin dormir, sin comer, apenas le quedaba un sorbo de agua de la botella con la que apareció pidiendo audiencia. Sentía que iba a desfallecer, pero no debía irse de allí sin hablar con el embajador, su vida dependía de ello.
***
Dos semanas atrás, el hijo del presidente Osman se encontraba en uno de sus reservados con una botella de champán y cuatro hermosas chicas acompañados de dos directivos extranjeros de la empresa minera. La música estridente y un fuerte neón azul que bañaba la estancia hacía parecer que los hombres de negocios disfrutaban de una distendida velada, pero en las distancias cortas, la tensión podía cortarse con un cuchillo. La empresa minera había invertido mucho en la planta de tratamientos de agua para asegurar un flujo constante de mineral. El parón de más de una semana le estaba suponiendo a la empresa unas pérdidas de más de diez millones de dólares y la actitud del joven Mensah no ayudaba a calmar la tensión.
—Os garantizo que pedimos ayuda a la embajada para que traigan ingenieros de Europa. La próxima vez, inversión en universidad, y estos problemas técnicos como tú dices, se olvidan.— se explicó Osman en inglés lo mejor que pudo.
—¿Estás bromeando Osman? ¡¿donde va el puto dinero de los mantenimientos?!, hemos descubierto que llevan dos años sin hacerse.
—Eso es problema de tu empresa amigo. Sacáis mucho oro todos los días de nuestro país. Solo con el dinero de un día pagas el mantenimiento.
—¡No juegues conmigo Osman!— dijo uno de los directivos dando un puñetazo en la mesa provocando que los guardaespaldas de Mensah se acercaran.
Osman, con su habitual sonrisa y actitud calmada hizo un gesto para evitar que los guardaespaldas se acercaran. Aparentaba tranquilidad, no obstante sabía que su país estaba en manos de extranjeros como ellos, y en última instancia, empresas como la suya tenían el poder suficiente como para evaporar el gobierno de su padre y colocar uno más manejable.
—Yo ya no soy un niño, y no juego con el dinero de mis amigos. Les aseguro, caballeros que la planta estará en funcionamiento a finales de semana. Sus problemas son prioridad en el gobierno de mi padre, le doy mi palabra. Y ahora necesito tomar un descanso. Les recomiendo hacer lo mismo. Invita la casa.
El joven Mensah cogió de la mano a la chica sentada a su lado y subió a una de las habitaciones que el local tenía para los VIP. Por todos era sabido que Osman mantenía un negocio de prostitución de lujo en su local, pero como hijo del presidente aquello quedaba a espaldas de los ojos de la ley. Los directivos se levantaron y se marcharon sin mediar palabra. Aunque la situación mantenía tenso a Osman, el sexo solía ser un remedio efectivo para las tribulaciones del joven aristócrata. La chica que sujetaba su mano era nueva en el negocio y tenía una mirada que parecía albergar una llama en su interior. Nada más entrar en la habitación tiró a Mensah en la cama y comenzó a practicarle sexo oral. Osman no perdía el tiempo y comenzó a esnifar cocaína para elevar el clímax que se avecinaba.
La joven sorprendió a su jefe con unas esposas, lo que excitó aún más al joven africano. La chica no llevaba ni dos minutos cabalgando al propietario del local cuando el humo comenzó a colarse por debajo de la puerta. Segundos después, un grito de ¡fuego! hizo que la joven se levantase, y sin taparse las vergüenzas, salió corriendo de la habitación. Osman seguía esposado y sus gritos no parecían obtener respuesta. El calor de las llamas comenzaba a sentirse al otro lado de la puerta y la garganta le ardía de pedir auxilio. ¿Dónde están mis guardaespaldas? ¿ya no queda nadie en la planta de arriba? ¿dónde ha dejado las llaves esa miserable puta?, pensaba mientras sentía como la muerte acechaba al otro lado de la puerta. Cuando las llamas comenzaron a verse, una sorpresiva nube blanca apareció como un milagro celestial. Un hombre menudo cargaba un extintor y rápidamente entró en el cuarto para liberar a Osman. El salvador encontró rápidamente las llaves y ambos pudieron salir del cuarto para descubrir que el acceso a la planta baja estaba completamente bloqueado por las llamas. Desesperado, el trabajador pensó en volver al cuarto y salir por la ventana haciendo una cuerda con las sábanas. No tenían mucho tiempo, pero la estrategia del hombre resultó ser efectiva.
Su negocio estaba en llamas, pero había salvado la vida, y todo gracias a aquel hombre. Desnudo fue a abrazar a su salvador cuando se dio cuenta de que no lo conocía. No era un empleado, tal vez fuese un cliente, llegó a pensar Osman cuando un pañuelo en su boca le hizo perder el conocimiento.
***
Después de quince días nadie parecía saber nada de Osman Mensah. El joven hijo del presidente había desaparecido en otras ocasiones, pero nunca por tanto tiempo, nunca en una situación de crisis como la que se estaba viviendo. Según informaron los servicios de inteligencia al embajador, Osman fue visto con representantes de la empresa minera justo antes de su desaparición, antes del incendio. El embajador temía que la empresa hubiese cruzado la línea y fuesen ellos los responsables del incendio del local, incluso de su desaparición. El incendio no dejó ningún cadáver, por lo que estaba descartada su muerte. Otra opción sobre la mesa era que algún grupo local lo hubiese secuestrado como respuesta a los numerosos problemas a los que se enfrentaban.
La escasez de agua acuciaba a la población y paralizaba negocios, además, por alguna razón que las autoridades portuarias desconocían, había varios barcos con suministros críticos que no estaban llegando al puerto, y aquello no hacía más que aumentar la presión en las calles. El presidente no terminaba de dictar el estado de emergencia, ya que según sus propias palabras, no tenían efectivos para hacerlo cumplir. Y era cierto. Cada día más policías abandonaban sus funciones preocupados por su propia seguridad. Incluso se rumoreaba que algunos se habían unido a los altercados. Solo las Fuerzas de Cooperación Regional Europeas mantenían el orden pero el embajador temía que pronto sus medios dejasen de ser suficientes para sofocar las protestas.
El propio embajador estaba inquieto, pues conociendo el estado actual de la ciudad, no se explicaba como los disturbios aún no habían llegado a la puerta de su embajada. Allí solo estaba el desvalido vagabundo que parecía hacer guardia en la puerta. Cada vez que se asomaba a la ventana el vagabundo le miraba y realizaba señas hacia su teléfono. El hombre se veía enfermo, no tenía un pelo sobre su cabeza, ni siquiera en las cejas, parecía un fantasma. Llevaba días parado en el mismo punto. Al observarlo con detenimiento había algo familiar en él, tal vez era el miedo que reflejaba en su rostro, la desesperación, eso le preocupaba, pues eran esas emociones las que prendían la mecha. Llegó a pensar que se trataba de un terrorista, tal vez algo relacionado con las muertes de aquel punto de control, pero ya lo habían registrado y solo llevaba el móvil consigo y una botella de agua vacía. Deliraba, lo habían amenazado con arrestarlo pero no parecía importarle. Observándolo desde la ventana el embajador se sorprendió al ver como el vagabundo era auscultado por un médico. No llevaba uniforme de la Cruz Roja, ni bata, pero por su forma de actuar claramente era doctor.
***
El doctor Awal odiaba al hombre al cual le tomaba las constantes vitales. Si fuese por él lo asesinaba allí mismo en la puerta de la embajada, pero era de vital importancia que aquel tipo mantuviese su salud para cumplir su cometido. August Awal era el hijo de un respetado líder local que luchó por la independencia del país cuarenta años atrás. Gracias a su trabajo duro, August y su hermano Julius pudieron ir a la universidad. Julius estudió periodismo y se quedó en su tierra, mientras que August voló a Europa para emprender una carrera como cirujano. A pesar del racismo, August disfrutó de una buena vida en Europa, y pasados unos años volvió a su país para devolverle a su comunidad el apoyo que le habían dado a su familia.
Al volver, August pudo entrar como cirujano jefe en el hospital más importante de la capital, compró una casa nueva a sus padres y pudo darles la vida que merecían después de años de sacrificios. Sin embargo, algo no encajaba. El país había conseguido su independencia, pero a efectos prácticos, continuaba funcionando como una colonia, algo que no dejaba de repetirle su padre. August no estaba de acuerdo con esta visión, su familia había podido prosperar y ahora formaban parte de la clase social alta gracias al esfuerzo. No fue hasta que su hermano Julius le invitó a pasar consulta por el barrio de Samanko que August abrió los ojos. La realidad de su país era muy distinta a la percepción que tenía desde su posición. En barrios pobres como Samanko, la gente enfermaba por ganarse la vida extrayendo los pocos materiales de valor que se encontraban entre los residuos. Sus aguas estaban contaminadas, el aire estaba teñido de negro por las quemas constantes de plásticos para la obtención de metales, metales que también envenenaban la tierra, una situación que el gobierno permitía.
Conocer a sus vecinos de Samanko cambió la vida de August, quién se hizo voluntario para suplir la falta de medios sanitarios en barrios desfavorecidos como aquel. En ese momento, el doctor Awal comenzó a sentirse completo, ya que, al igual que su padre, estaba ayudando a su comunidad a prosperar a pesar del intervencionismo extranjero. Allí conoció a Doreen, una joven que había quedado viuda con un hijo enfermo a cargo. La chispa entre ambos surgió tras los primeros encuentros, y rápidamente, el amor colmó sus vidas como el fuego en una pradera de pasto seco. El doctor Awal trasladó a su pareja y su hijo a la casa familiar, aunque eso no lo separó de su compromiso con el barrio de Samanko. La pareja pudo disfrutar de meses de felicidad, pero la salud del pequeño empeoró irremediablemente hasta llevarlo a la muerte presa del EPOC.
La muerte del pequeño fue devastadora para ambos, y la felicidad que habían construido se derrumbó como un castillo de arena con la llegada de la marea alta. Debido a la muerte de su hijo, Doreen comenzó a experimentar un deterioro de sus patologías fruto de su vida en Samanko. Su dermatitis se extendió, las cefaleas eran cada vez más recurrentes, y pronto fue diagnosticada con un cáncer de pulmón. No había solución. No había tratamiento, ni paliativos para calmar su dolor. Tras el diagnóstico final, la impotencia comenzó a recorrer el cuerpo de August hasta metabolizarse en un odio que envenenaría sus entrañas. Odio hacia el gobierno que permitía que sus vecinos viviesen en aquellas condiciones, odio hacia las autoridades extranjeras que se enriquecían de ello, que empujaban a sus compatriotas a una vida de miseria y podredumbre.
El odio de August llegó a ser tal que parecía mascarlo cada día, rumiándolo como si alimentara su espíritu, pero ese sabor amargo desapareció de su paladar el día que recibió una invitación a un evento de la clase alta en la embajada europea. Aquel sabor escaparía por sus ojos en forma de lágrimas. En sus manos estaba la llave de su venganza. Envenenaría la comida de los asistentes y en su propio hospital, acabaría por sellar sus destinos. Aquellos falsos santos que exhibían su benevolencia por ayudar a prosperar a algún pobre diablo como él mientras condenaban al resto de su pueblo. Ellos le habían arrebatado su felicidad y él les arrebataría su vida. Sin embargo, fue Doreen quién disuadió a August de llevar a cabo sus planes pues, como ella le dijo en su lecho ya imposibilitada, Woohura, la mandrágora nos devolverá la felicidad. No sabía de qué hablaba, si era producto de un delirio o algún remedio tradicional de infancia que volvía a sus recuerdos en momentos de desesperación, pero la respuesta acabaría por encontrarle a él.
***
Finalmente fue su hermano Julius quién dio el golpe a la última ficha para que la reacción en cadena hiciese posible el cambio que la ciudad necesitaba. Julius se encontraba investigando los problemas de suministro a los que se enfrentaba la ciudad. La situación cada día era más tensa, y aunque su primer artículo sobre el tema había provocado que cundiese el pánico, Julius sentía que debía llegar al final de este asunto. El periodista había sufrido presiones de la embajada europea por lo que debía de andarse con cuidado a cada paso que diese. Le etiquetaron como un periodista rebelde, como si contar la verdad al pueblo fuese un acto de desobediencia a sus amos, pensaba para sí Julius. Sin embargo, aunque no se sintiera intimidado por las advertencias, sus pesquisas en el puerto lo habían llevado a un punto muerto. Lo único que le quedaba era adentrarse hacia el océano para intentar descubrir por qué los barcos no llegaban al puerto.
Con una embarcación precaria, Julius partió de la costa en busca de respuestas. El periodista sabía manejar una embarcación gracias a su padre, pero hacía años que no navegaba. Un revés del temporal podría costarle la vida, por suerte, los cielos estaban despejados y el sol castigaba la costa. Pasando los primeros cien kilómetros del continente, Julius pudo ver como varios transatlánticos se dirigían a la costa. Todo parecía discurrir con normalidad. Su plan era pasar una jornada completa allí para observar el tráfico marítimo, pero nada despertó su interés.
Al no conseguir nada, Julius extendió sus planes a tres días, y después a cinco. Más de media semana observando cómo los barcos transcurrían con normalidad y nada. Sediento por el sol de justicia, Julius estaba por rendirse cuando bordeando los límites de las aguas internacionales vio un movimiento en el horizonte. A menos de cincuenta kilómetros se encontraba una vieja plataforma petrolífera. Esta llevaba años en desuso debido a un sabotaje. La plataforma era explotada por los europeos hasta años después de la independencia, pero cuando los rumores de una inminente nacionalización llegaron, un oportuno accidente cerró el grifo del oro negro para sus vecinos. Julius observó como de la plataforma despegaba un helicóptero que se acercaba a un barco que se disponía a tomar la ruta hacia el puerto. Parecía que había encontrado algo sobre lo que trabajar. Dirigió su embarcación hasta la plataforma y allí la verdad estaba esperándole para hacerle partícipe del cambio.
Una semana después otro titular despertó todas las alarmas en la embajada europea.
—Un vertido a escasos metros de la costa paraliza el puerto.— gritaba el embajador al leer la portada.
Al zarandear el periódico, del interior cayó una tarjeta con un número de teléfono. Al verlo, el embajador lo ignoró pues la noticia era la chispa que la situación necesitaba para terminar de explotar.
—¡¿Qué cojones pasa en esta embajada que nadie me informa de esto?!— continuaba gritando el embajador al salir de su despacho camino a su gabinete de comunicación. —¿Qué es esto?
—No… no sé nada señor… ¿cómo no nos han informado de esto las autoridades portuarias?— contestó intimidado el portavoz de la embajada a la par que descolgaba el teléfono para llamar al puerto.
Mientras el embajador, con el corazón apunto de salir corriendo por su garganta y los ojos listos para despegar de sus órbitas, llamaba al resto de consejeros de la embajada con urgencia. Si no actuaban con rapidez lo siguiente que tendrían que hacer sería solicitar un helicóptero y huir del país, con las consecuencia que eso traería.
—En el puerto dicen que no sucede nada, de hecho hasta el momento han llegado todas las embarcaciones que se esperaban.
—¡¿Qué?!, ¡¿entonces qué se supone… ¡¿Julius Awal?! Este tipo ya ha ido demasiado lejos, ¡llama inmediatamente a la redacción del periódico. Espera.
Julius Awal, el periodista que habían apodado como el azote de los extranjeros, el periodista que firmaba cada actualización innecesaria sobre los problemas técnicos de la planta de tratamientos de agua de Kwabena, el periodista que firmaba cada artículo que señalaba la ausencia de Osman Mensah en una situación de crisis como la que estaban viviendo, el hijo de puta que estaba haciéndose un nombre señalando la falta de capacidad de las Fuerzas de Cooperación, pensaba para sí el embajador cuando tuvo una epifanía. ¿Acaso sabía Awal que pasó en el punto de control? Solo así se atrevería a provocarme de esta manera. El embajador corrió de nuevo hacia su despacho para coger la tarjeta que había caído de aquel periódico falso, y sin dudarlo marcó el número de teléfono que aparecía en él.
—Por la cara que puedo verle desde aquí veo que se ha pegado un buen susto.— dijo una voz masculina al otro lado del teléfono.
Al asomarse por la ventana no lo podía creer, no era Julius Awal quien buscaba llamar su atención, era aquel vagabundo quien le estaba hablando por el móvil mientras se reía. ¿Cómo podía ese pordiosero haber impreso un periódico falso?, se preguntaba cuando sus consejeros entraban raudos a su despacho.
—Llevo casi una semana diciéndole que tenía una llamada para usted. Hemos tenido que llamar su atención para que reaccionara. Espero que ahora me reciba para atender la llamada.
—¡Váyase todo el mundo y dejen que el pordiosero ese de la puerta pase a mi despacho!
Al darle paso al despacho un soldado se cuadró en la puerta para vigilar al vagabundo.
—¡Lo quiero fuera!— gritó el embajador al soldado provocando que este se marchara de manera inmediata. —Tú no eres Julius Awal.— dijo dirigiéndose al vagabundo.
—No señor, no sé quién es Julius Awal, yo solo soy el mensajero. Tome.— dijo el vagabundo dándole el móvil al embajador que sonó en cuanto este lo cogió.
—Buenos días señor embajador, espero que se haya levantado hoy con buen ánimo, porque hoy tenemos por delante una jornada de cambio.— dijo una voz metalizada y grave al otro lado de la línea.
—¡¿Quién es?! ¡¿de qué va todo esto?!
—Quién sea yo no tiene importancia, por lo contrario es importante que le informe de que trata todo este asunto. El barrio de Samanko es el mayor punto de vertido de residuos electrónicos del todo el continente, imagino que es más que consciente de ello. Sus paisanos y todos sus amigos europeos traen su basura a nuestro país para envenenar nuestro suelo, enturbiar nuestras aguas y contaminar nuestro aire.
—¿¡Sois vosotros verdad!? ¡los del reciclaje! ¡los activistas que queréis poner mi administración en la picota!, pues sabed una cosa, ¡nadie va a mover un dedo por los terroristas que neutralizamos! ¡¿eres remotamente consciente de la influencia que tienen todos los países que mandan aquí sus desechos?! ¿de verdad crees que con un periodicucho local vais a conseguir algo?
—No está entendiendo su posición embajador. ¿Qué cree que sucederá si el pueblo sigue sin agua ni suministros? ¿cómo cree que actuarán sus socios si no pueden continuar extrayendo la riqueza de nuestra tierra?
Por un momento se hizo el silencio en la línea telefónica.
—¿Y qué pretende? ¿que nos marchemos sin más? ¿de verdad cree que el gobierno sabrá gestionar mejor sus recursos? ¿cree que detendrá el flujo de residuos a esta costa? ¿entiende la magnitud de lo que pretende? Hablamos de 400.000 toneladas al año, si no soy yo será el siguiente, pero este es un camino que no tiene vuelta atrás.— contestó más calmado el embajador. Su pulso comenzaba a temblar pues, si la persona que estaba al otro lado de la línea realmente era el responsable de la situación que vivía la ciudad y sus exigencias eran tan elevadas, el embajador temía que su destino fuese funesto.
—Desde hoy la gestión de Samanko es nuestra. Dejará pasar a nuestros conboys y nos permitirá convertir ese agujero negro en el vector de riqueza que se encuentra en su interior.
—Pero, ¿de qué está hablando?, creo que se equivoca de interlocutor, el gobierno no dejará que un grupo terrorista se haga con el control…
—Cuide sus palabras embajador, nosotros no hemos asesinado a nadie a diferencia de las Fuerzas de Cooperación Regional Europeas.— aquellas palabras pusieron muy nervioso al embajador. —¿De verdad que no ha identificado a la persona que tiene delante? Mírelo con detenimiento.
Tras un momento de escrutinio por parte del embajador este se quedó sin palabras.
—Es… Osman Mensah… ¿por qué tiene este aspecto?
—El señor Mensah ha pasado unas semanas un poco… duras. Cambiar la perspectiva de algunos requiere de mayor empeño. Como puede imaginar tenemos el beneplácito de las autoridades locales.
—¿Y qué pasa con todos los países que desembarcan sus residuos? ¡esta decisión no se toma aquí! ¡yo no soy nadie para conseguir que no se descarguen esos residuos.
—Sigue sin entenderlo embajador, el flujo de residuos se mantendrá. Nosotros nos encargaremos de ello.
—¿Y qué pasa con el incidente del puesto de control?
—Usted dirá.
—Si todos los integrantes de aquel fatídico incidente ya están muertos… Colaboraré en todo siempre y cuando aquella desafortunada intervención no sea pública.
—Entendido.
Al otro lado de la línea, alguien desconecta el altavoz que permitía a los soldados escuchar las palabras de su embajador. El interlocutor tapó el auricular y se dirigió a los soldados retenidos.
—Ya lo han oído, ahora están muertos a efectos de su gobierno. ¿Qué quieren hacer con su nueva vida?
Mientras, el embajador, desesperado, volvió a preguntar desde el otro lado de la línea telefónica.
—Entonces… ¿volverá el agua a las calles? ¿se calmarán las cosas?
—Por supuesto, hoy damos la bienvenida a un nuevo status quo embajador.
—¿Por qué? ¿por qué tantas molestias por un… vertedero?— dijo con precaución el embajador para no ofender a su interlocutor.
—Ustedes nos lo enseñaron, el hombre es un lobo para el hombre, ¿no fue Hobbes quién dijo eso?
—Sí…
—Siéntase orgulloso embajador, hoy, juntos hemos plantado la semilla que algún día, un Martin Luther King vendrá a recoger por nosotros, ¿entiende lo que le digo?
—Claro…
—Pásele el teléfono a Mensah.
Al coger el teléfono, el hijo del presidente grito ¡gracias! con lágrimas en los ojos y colgó. No dijo una palabra más, y con una mirada de odio hacia el embajador abandonó su despacho. El embajador quedó solo, en silencio, sin tener claro que había pasado con la esperanza de que todo volviese a la normalidad.
Dos días después, en Samanko, un convoy se establece en el barrio para instalar la maquinaria necesaria para empezar el tratamiento sostenible de los residuos que se amontonan en sus calles. Hoy no se veían las columnas de humo que cada día tiznaban el paisaje de la ciudad, ya no lo harían nunca más. Un pequeño grupo despliega una manta en alto sobre cuatro estandartes y dan paso a una camioneta. De la camioneta baja un antílope. El PRIMAL rápidamente olfatea su entorno.
—¿Qué es lo que percibes a tu alrededor?— dijo una rana de un tamaño desproporcionado en brazos de un hombre.
—Plomo, plástico… pero también hay metales nobles, oro, cobre… ¿esta es la riqueza de la que hablabas?
—La riqueza de esta conquista no solo se encuentra en los materiales que se obtengan. Así es cómo cambiaremos el mundo. Esta no será la última contienda que viviremos, pero pronto abandonaremos este campo de batalla y lo cambiaremos por uno meramente intelectual. Apelaremos a su consciencia, ganaremos su corazón, iniciaremos una transformación cultural, y de las cenizas de este mundo, daremos vida a uno nuevo.
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