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Poderes reales

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Sarah y Fred perdieron a sus padres a los 5 y 3 años, respectivamente, en un accidente de ala delta, por lo que quedaron al cuidado de la hermana de su madre, Patricia, su peor pesadilla, pero ya no estaba allí para elegir quién ejercería la custodia de sus hijos. Tampoco para saber las condiciones en las que vivían sus pequeños, aunque se lo habría imaginado. Pat, como todos la llamaban, siempre fue impulsiva y despreocupada, al igual que su hermana, pero su nulo sentido de la responsabilidad era el que le había llevado a ser una drogadicta. Una politoxicómana de papel de plata y cuchara, de montañas de litronas y un perpetuo olor a rancio. Fred no recordaba otra cosa y eso entristecía profundamente a Sarah.

Sarah tenía 11 años y medía 1,50, pronto empezaría a verse como una mujer y eso la tenía muy preocupada. Aunque su vida estuviese cargada de responsabilidades que no correspondían a un niño, y ya pudieran contar con las dos manos las situaciones límite que habían vivido, todavía se veían como unos niños, y eso, aunque a Fred no lo entendiese, les protegía del siguiente círculo de la decadencia de la tía Pat. Aún se podía poner peor, pero no dejaban de ser niños y no le veía solución.

—¡Si es que to lo que tiene que ver con putos niños es un dolor de ovarios! ¡¡Aaahh!! —gritaba Pat retorciéndose en su polvoriento sofá.

Sarah intentaba hacer oídos sordos a los quejidos de su tía, pero escuchar como los menospreciaba le hervía la sangre, sin embargo estaba leyéndole un libro a su hermano mientras este dibujaba a sus personajes, una historia de caballeros y dragones, y no quería renunciar a aquel momento de diversión.

—¡¡La concha de su madre!! ¡¿No me queda una puta micra?! ¡¿Ahora?! La puta que me parió… —volvió a gritar seguido de un estallido.

—Quédate aquí en el cuarto.

—¿Seguro que querés ir sola? Se la escucha rezarpada.

—Pega tu oreja —la niña salió de su cuarto para encontrar a su tía retorciéndose bocabajo en el sofá.

—¿Qué pasa, tía Pat? —le dijo aunque ya sabía la respuesta.

Pat sufría de dolores por la menstruación, y por los alaridos, dedujo que se había quedado sin heroína. Ya sabía que le tocaría: ir de la mano de su tía mientras esta se descomponía en mitad de la calle para comprar algunas dosis. Al llegar al salón Sarah no pudo evitar que sus ojos se pusieran vidriosos. Llorar no estaba permitido, pero el estruendo que la había hecho levantarse era el grito de despedida de una de sus posesiones más preciadas, su taza de Pikachu, la única cosa que tenía a la moda. Aquello fue una señal. Todo lo que tenía, su ropa, su mochila, incluso los pocos libros de texto que había heredado, eran antiguos, descoloridos, gritaban a los cuatro vientos «soy una pobre desgraciada». Mientras reflexionaba sobre ello, Pat no dejaba de gritar y gesticular, Fred ya estaba a su lado.

—¡¡Niña!! ¡¿Estás empaná o qué?! ¡¡¿No te habrás metido tú el pico pelotuda?!!

—La taza de Pikachu… —decía Fred apenado sabiendo lo importante que era la taza para su hermana.

Sarah seguía inmersa en sus pensamientos hasta que Pat volteó la cara de su sobrina de una torta. Por un momento se hizo un silencio pesado como el plomo.

—No parece que te hayas metío… Coge una moneas del cuenco y vete a la cabina de la panaería a llamar a Samuel. Dile que le pago 2.000 pesos más si me lo trae a casa, aaahhmm, que estoy hecha mierda.

—Me llevo a Fred.

—¡No! El crío se queda con su tía a cuidar de ella, asin te espabilas.

Su tía tenía toda la razón. En aquel momento Pat tenía su rehén, un asustado niño de 9 años que en manos de la politoxicómana más iracunda de toda Argentina era frágil como su difunta taza de Pikachu. No debía perder un segundo. Samuel era el camello de cabecera de Pat. Da igual si quería heroína, speed o pastillas, él siempre estaba allí. A Sarah ya la conocía de sobra, pues Pat tenía por costumbre llevarla consigo a pillar, por lo que la reconoció enseguida. Sin embargo, la pequeña no encontró empatía al otro lado de la línea y trajo consigo noticias terribles.

—Tía… Samuel no puede venir…

—¡Venga ya! Menudo gil, concha de su madre… ¡Cógete otro puñao de monedas y dile que se lo pago al doble si hace falta! Pero no me puedo mover de esta casa de mierda, mmh, ¡Joder!

—Dice que está esperando una entrega y que no se puede mover hasta que no llegue.

—¡Y yo no puedo esperar! Te va a tocar ir a buscarlo pibita.

A Sarah se le heló la sangre al escucharlo. Pataleo y usó su mejor retórica, pero de nada valió. Además, sabía que no convenía contradecir a su tía en su estado, ya lo tenía comprobado. No obstante, hubo algo que hizo que aquel terrible periplo que estaba por pasar mereciera la pena.

—Coge la plata del aparador, la tercera, uff, balda a la derecha.

Y ahí estaba, la misteriosa manutención, al completo, recién recogida de correos. Desde hacía tres años, a casa de Pat empezaron a llegar mensualmente unos sobres con dinero. Los hermanos no entendían porqué. Pensaron que se trataría de alguna clase de error, pero una noche de borrachera Pat hizo su mejor esfuerzo por explicarles. «Esto es de vuestra manutención. Lo decía claramente en la primera carta… Para que el pequeño Fred y la valiente Sarah tengan todo lo que necesiten sin que me resultéis una carga», les explicó. Unas palabras que ponían a hervir la sangre de la pequeña Sarah cada vez que las recordaba. Y ahí estaba, ya sabía donde, ahora solo era cuestión de organizar sus ideas.

A la noche, Sarah volvió con la droga para su tía. El conductor del colectivo no dejaba de preguntarla si estaba segura de «a donde iba» cuando bajaba en el barrio de las Malvinas. Esperar a Samuel mientras hablaba con su anterior cliente sobre el último navajazo que recibió, mientras se acumulaban dos yonkis más tras ella, tampoco fue agradable. Sarah estaba acostumbrada a tratar con gente así, pero en ese momento se dio cuenta de que siempre estaba arropada por su tía Pat. Aquella fue la primera vez que enfrentó una situación así sola. Pero ya no parecía importarle, solo estaba concentrada en su siguiente paso.

Hicieron falta dos dosis, aguantar una cadena de historias terribles en la que Pat les explicaba cómo se hizo mayor, e incluso hubo que convencerla de que no avisara a Rodrigo para que la acompañase aquella noche, debían estar solos, pero al final Pat cayó sumida en su trance y Sarah tuvo la oportunidad de su vida.

—Coge todas tus cosas Fred, nos vamos —le dijo a su hermano medio susurrando, a pesar de que Pat estaba casi en coma.

—¿Cómo que nos vamos?

—Nos vamos de casa Fred, se acabaron las palizas, este olor a orto constante, y no tener nada para nosotros, tu recoge tus cosas ya —decía mientras ella recogía sus pocas pertenencias.

Sarah volvió a la cocina para recoger en el cubo de basura los pedazos de su taza de Pikachu. «Nadie volverá a tocar mis cosas», se decía a sí misma. Pero cuando volvió a la tercera balda a la derecha su corazón dio un vuelco. El sobre ya no estaba. Pat no era la yonki más célebre del barrio por ir dejándose dinero al alcance de cualquiera. La pequeña revisó cada centímetro del aparador, luego extendió su búsqueda al salón cuando Fred comenzó a preguntarse de nuevo qué sucedía. Sarah levantó con cuidado cada pieza de menaje de la cocina. No aparecía.

Fred se incorporó a la búsqueda, pero eso no impidió que empezasen a pasar las horas. No encontraban el preciado tesoro. Sarah se sentía orgullosa de conocer cada rincón de aquella pútrida casa, pero no parecía ser suficiente. Desesperada, la pequeña entró a hurtadillas al cuarto donde se dejaba morir su tía Pat. La experiencia le decía que Pat no se despertaría fácilmente, pero ya habían pasado unas horas desde que desconectó, y aunque el efecto narcótico de la heroína era un valor seguro, el corazón de Sarah latía a mil revoluciones. Fred miraba desde el otro lado de la puerta con su corazón en un puño.

—Déjalo Sarah, está bien, seguro que no te vuelve a mandar a comprar la droga —dijo el niño susurrando.

—No estamos bien, hoy se acaba.

—Seguro que si compramos pegamento podemos arreglar la taza.

A lo que su hermana le miró con un gesto tremendamente serio mandándole a callar. «Hoy se acaba», no dejaba de repetirse. Rebuscar entre las pertenencias de su tía mientras esta dormía al lado era una de las experiencias más tensas que Sarah había vivido, y una de las más peligrosas. La pequeña intentaba huir de los pensamientos intrusivos que le sobrevenían de las posibles consecuencias que tendría que soportar si Pat la encontraba hurgando en sus pertenencias. Aquellos minutos fueron eternos, pero finalmente obtuvieron su recompensa. Detrás de un apestoso cesto con ropa sucia estaba el sobre. Repleto de billetes y con una dirección a la que ir: Avenida del Libertado número 1801, Buenos Aires.

—¡Lo hemos encontrado! —dijo Sarah susurrando casi llorando de la emoción.

—Dime que has encontrado, que yo quiero mi parte —respondió somnolienta Pat con voz grave sin levantarse de la cama.

Muerta de miedo, Sarah salió corriendo, agarró el brazo de Fred y cogieron las mochilas que habían preparado hace horas. El sonido del portazo fue lo que hizo conectar las primeras neuronas de Pat. Sarah y Fred corrían como alma que lleva el diablo en plena noche cuando, desde la ventana de la que había sido su casa asomaba su tía Pat.

—¡Pelotudos del orto! ¡Ni se os ocurra volver a pasar por aquí desagradecidos! ¡No vais a volver a ver un peso!, ¡¿me oís?!

Ni siquiera miraron atrás, no volverían a aquel pozo de decadencia y miseria. Ahora tenían un nuevo hogar, Avenida del Libertador, número 1801, en Buenos Aires.


Avenida del Libertador, número 1801

Una de las avenidas con mayor tráfico de la capital, una artería de la ciudad, ubicada en lo que cualquiera denominaría como un buen barrio, era el lugar perfecto para su consulta de adivinación. El alquiler era caro, pero Isabella estaba convencida de que lo recuperaría rápido con la clientela que podría captar allí. Provenía de Mar del Plata, y aunque sus clientas allí no contaban con una cartera abultada llevaba varios años viviendo solo de la videncia. Lectura de manos, lectura del tarot, lectura de la carta astral, cualquier concepto que se pusiera de moda en el mundo esotérico, ahí estaba Isabella, pero al final, todo se basaba en una sola cosa, leer a la gente. Siempre se le dio bien captar las intenciones de los demás, entender sus aspiraciones, dar buenos consejos a sus aflicciones, y para el gremio de la adivinación no se necesitaba más.

Sin embargo, cuando sales a diario a pescar, acabarás por encontrar peces que no traguen el anzuelo, y eso fue lo que la exilió de Mar del Plata. Sus predicciones atrevidas le valieron pintadas en la fachada de su consultorio, cubos de agua con restos de pescado mientras paseaba por el puerto, incluso una vez, intentaron prenderle fuego a su falda, nunca veía venir los ataques, pero al final del día, siempre le compensaba. El futuro era un negocio muy lucrativo.

Aunque el negocio de Isabella fuese rentable, no dejaba de estar cimentado sobre un castillo de naipes. Cuando el dinero del narcotráfico llega a tus manos sin poner en riesgo tu pellejo, todo son alegrías, comodidades, lujos, pero, lo que no sabía Isabella, es que en el mundo de la droga, siempre estás expuesto. Doña Catalina solía preguntar por trivialidades, consultas que solo necesitaban de la perspicacia de una buena entendedora, pero cuando tu fama te precede, ya puedes estar preparada para asumir las consecuencias de ello. Cuando el señor Flores, esposo de doña Catalina, acudió a la consulta de Isabella en Mar del Plata para preguntar por la mejor ubicación para recoger su próximo cargamento, no pudo decir que no. El señor Flores acabó en prisión, e Isabella tuvo que huir a la gran ciudad con un nuevo nombre, Astrid, Hermana Astrid.

Pero el destino le había dado una nueva oportunidad. El golpe de suerte de su vida. Uno más que improbable. Isabella tuvo acceso al verdadero poder de la adivinación, y como Hermana Astrid, ganaría una fortuna en Buenos Aires. Pasados unos años, Astrid tenía una reputación intachable, incluso el propio alcalde de la ciudad había llegado a pasar por su consulta. Artistas, magnates, desdichados en busca de una luz, todo el que pudiera permitirse pagar el precio del futuro en la consulta de la Hermana Astrid tenía hueco en su agenda.

—¡Buenos días… señorita Svetlana! Bonito nombre.

La clienta quedó sorprendida, pues no era un nombre habitual en Argentina.

—Buenos días, parece que su reputación es algo más que habladurías.

—Todavía te queda mucho por descubrir, tome asiento.

—Veo que vienes a preguntar por tu trabajo, déjame ver tus manos. Eres una mujer emprendedora e independiente… ¿En qué trabajas?

—Trabajo en el sector financiero.

—Un sector primordial acá en nuestro país, espero que mis predicciones le ayuden a hacer que esto funcione. —dijo Isabella con una comedida risa —Cuéntame Svetlana, ¿qué necesitas saber?

—Tengo un proyecto importante entre manos, nos jugamos mucho. Quiero saber cómo me irá.

—Muy bien. Déjame que le preguntemos mejor a las cartas. Corta —Isabella comenzó a sacar cartas de la parte superior e inferior del mazo, y cuando las cartas que quería no aparecían volvía a barajar, hasta que finalmente tuvo sobre su tapete la historia que debía contar —Vas a tener éxito en tu proyecto. Pero para ello, vas a tener que aceptar unas condiciones a las que no estás habituada, no puedo darte más detalles sobre esto. Pero aquí veo otra cosa. Hay un hombre en ese proyecto, un hombre apuesto —Svetlana quedó sorprendida con aquel apunte, no lo esperaba. —¿Quieres preguntarme sobre él?

—Sí… claro, cuéntame.

—Él también se ve atraído por ti. Es una unión que va más allá de lo físico, aunque el futuro de esa relación es incierto. Me cuesta verlo. ¿Quieres que hagamos únicamente una tirada sobre ello?

—No, está bien, con lo que me has dicho tengo suficiente.

—Bien, este proyecto veo que te va a llevar a viajar mucho y será muy lucrativo.

—Genial, veo que entonces irá todo sobre ruedas, ¿no?

—Puede ser, pero te lo advierto, esas condiciones de las que te hablaba, serán determinantes en este proyecto, durante todo el proceso. De que cuides de estos detalles dependerá el éxito del proyecto.

—Muy bien, estaré atenta a las señales entonces.

—Eso es, son 20.000 pesos señorita Svetlana.

Aquella no sería la última visita de la extranjera a la consulta. Sin embargo, Isabella había quedado confusa después de la sesión con aquella mujer. La vidente no estaba acostumbrada a predicciones tan crípticas, y tampoco era habitual que una mujer no preguntase por el posible amor de un hombre que le interesaba.

—Sinceramente no entiendo de qué narices iba esa tirada pero la clienta parece que ha quedado satisfecha. Ha dejado una buena propina.

—¿Desde cuándo no te he dado una predicción acertada? Confía en mí —le dijo una voz a través del pinganillo.


Autovía 2, km 210, Dolores

—¿Por qué sigues haciendo dedo? Llevamos aquí sentados como… cuatro horas… Nadie nos va a llevar desde aquí. Vamos a tener que llegar andando —dijo Fred enfadado.

—Vamos ché, tienes que ser más positivo. Además, dormir aquí no es lo mismo que dormir en un parque como hicimos el primer día. Acá es más peligroso.

—¡Pero si por aquí no pasa un alma! ¡No me seas boluda! —a lo que su hermana le lanzó una mirada afilada como un cuchillo.

—¡No seas tú boludo! ¿Acaso no te acuerdas de lo mal que se duerme en ese saco del orto? Además, aquí tiene que hacer más frío que en el cumpleaños de Pingu, ¿no lo notas ya?

Por un momento se hizo el silencio. Llevaban tres días desde que salieron de casa, y lo que comenzó siendo una aventura empezaba a sentirse como un mal sueño. Comenzaba a caer el sol y se estaban quedando sin opciones de pasar una buena noche.

—¿Por qué has tenido que darle plata otra vez a ese chabón? —preguntó Fred haciendo pucheros.

—Porque tenemos que dormir caliente, en una cama y seguros… ¿Quién es el boludo ahora?

—¡Tú!, ¿o no te acuerdas como esa guarra se quedó con nuestra plata? —dijo remedando a su hermana. —Eres una pelotuda, a este ritmo la plata…

Y antes de que su hermano terminase la frase, Sarah le cruzó la cara con una sonora bofetada. El silencio volvió a cernirse sobre ambos. Esta vez más pesado y denso. Solo se vería interrumpido por los sollozos del pequeño.

—Perdón Fredy, perdóname, es que a veces te comportas como un verdadero… pedazo de sorete.

—¡Oye!… tienes razón mana… es que tengo miedo.

—Lo sé Fred, yo también… pero ya verás como todo sale bien. Mamá está cuidando de nosotros desde el cielo.

Sarah ya no hacía dedo, solo esperaba a que el hombre al que le había dado dinero para rentar una habitación en el hostal de carretera frente al que se encontraban volviese con unas llaves. No veían salir ni entrar a nadie en el edificio, pero era cierto que se habían distraído. Podría haberse ido con su dinero. Aún tenía más, Sarah lo había repartido en varios sitios por si les robaban o para evitar quedarse sin blanca, pero no quería volver a decepcionar a su hermano.

—¿Qué crees que encontraremos en Buenos Aires? —preguntó Fred a su hermana.

—No lo sé… puede que tengamos allí algún pariente, tal vez el exmarido de la tía Pat, o algún hermano de papá…

—La mujer del camionero dijo que la Avenida del Libertador era un sitio de mucha plata, con casas finas, bancos, hoteles de lujo…

—Capaz que mamá y papá le dejaron el encargo al hombre del banco de enviarnos dinero todos los meses.

—¿Y si es así que hacemos?

—Pues como hemos hecho hasta ahora… explicarle cómo es la tía Pat y con suerte nos dará el dinero a nosotros.

—Y entonces, ¿por qué le has dicho a ese pibe que íbamos en busca de nuestro padre?

—Porque cuanto menos sepan los demás menos quilombo tendremos… —contestó Sarah parafraseando a su tía Pat. —No te voy a chamuyar Fred, si la cana se entera de que vamos por ahí solos…

Pero antes de que terminase la frase, el hombre al que le habían dado el dinero para alquilar la habitación estaba saliendo del hostal con un pulgar hacia arriba.

—¡Pibes! ¡Tengo las llaves! Y escuchad… mañana si queréis, mi primo os acerca a Buenos Aires.

—¡Vamooooos!


Avenida del Libertador, número 1801

Isabella no entendía porque Margarita le estaba preguntando sobre las futuras infidelidades de su marido, pues en la sesión anterior ya le había revelado la deslealtad de su marido. Estaba tomando nota de todos y cada uno de sus próximos encuentros. Mujeres, lugares, gastos… no dejaba ningún dato sin anotar. Incluso la propia Isabella estaba sorprendida de los detalles que podía llegar a obtener.

—Toda esta información tiene una tarifa especial.

—No se preocupe, Hermana Astrid, pagaré lo que usted me pida.

—Cóbrale la tarifa habitual. Sé lo que acabas de decir, di que lo has pensado mejor y que su sufrimiento te ha inspirado compasión. No digas más, ya hablaremos —dijo la voz a través del pinganillo.

—Vale, creo que con esto tengo suficiente. No puede imaginar lo agradecida que le estoy Hermana Astrid. Ese pelotudo va a saber lo que vale la traición a Margarita Fernández. Dígame qué le debo.

—Dejémoslo en los 20.000 de siempre Doña Margarita. Lo he pensado mejor y creo que debería invertir esa plata en darse un capricho, algún lujo, usted me entiende.

—No sé qué haría sin usted señorita Astrid, los espíritus la bendigan.

Doña Margarita abandonó la consulta de Hermana Astrid con una sonrisa diabólica en su rostro mientras apretaba con firmeza su bolso.

—Esa mujer un día va a matar a su esposo.

—Sí, para ser concretas no creo que tarde mucho —le respondió la voz del audífono.

—¡¿Qué estás diciendo?!, ¿entonces por qué no le cobramos el doble? Era una gran clienta.

—Porque ese sorete se lo merece, además ella será feliz en la cárcel.

—Si no te conociera diría que eso es una bendita locura —dijo Isabella santificándose. —Pero ya me dirás cómo vamos a cubrir el hueco de Doña Margarita.

—No te preocupes por eso ahora.

No pasaron ni cinco minutos cuando el timbre de la consulta volvió a sonar. La siguiente cita estaba llegando con quince minutos de antelación.

—¿Por qué no me avisaste de que llegaría tan pronto?, ¿es ella quién llenará el hueco de Doña Margarita? La verdad es que esta señora se está dejando una buena plata en poco tiempo. ¡Buen día señorita Svetlana! No la hacía tan temprano por aquí.

—He terminado antes de tiempo con unos mandados.

Mientras Isabella caminaba de nuevo a su mesa de adivinación, Svetlana daba paso a un hombre tras ella de cabello largo y frondosa barba negra.

—¡Oiga! No me había dicho nada de que vendría acompañada hoy. ¿Por fin estoy conociendo al apuesto caballero del que hablamos?

—Diles donde estoy sin rodeos, será lo mejor si no quieres sufrir —se escuchó a través del pinganillo dejando helada la sangre de Isabella. Ya no escuchaba las palabras de Svetlana. Por su cabeza se interpelaban decenas de teorías sobre el porqué de aquellas palabras.

—¡No! ¡No pienso renunciar a mi modo de vida! ¡¿Quiénes se han creído ustedes para venir a mi casa para robarme?! ¡A mi! ¡La poderosa Hermana Astrid!

—Tú no tienes poder sobre la situación Isabella. Sabes que siempre te he apreciado, y te he regalado los mejores años de tu vida… —intentaba hacer entrar en razón a la pitonisa la voz a través del auricular.

—¿¡Qué tú me has regalado!? ¿¡Pero qué boludez estás diciendo!? ¡Yo soy Hermana Astrid, y sin mi no eres nada!, ¿¡oíste!?

—Pensé que la haría entrar en razón. Si es tan certera como decías no entiendo este teatro —dijo el hombre a Svetlana.

—Tiene que tener sus motivos, pero no podemos perder el tiempo —respondió la mujer a lo que su acompañante cogió del cuello a la adivina y la empotró contra la pared.

—Solo dinos donde está y se acabará rápido.

—La concha de tu madre… Antes muerta… —dijo con valentía cuando un cuchillo atravesó su pierna.

—Si quito este cuchillo de la vena femoral morirás en cuestión de minutos, tú me dirás lo que aprecias tu vida.

El terror se apoderó de Isabella. Casi no tenía fuerzas para hablar, la habían vendido. No había escapatoria posible si ya se lo habían anticipado. Aunque sus entrañas ardieran, no le quedaba otra opción que colaborar si quería vivir otro día más.

—Es… es aquí mismo… avanza por ese pasillo, la segunda puerta.

El hombre no soltó su agarre del cuello ni del cuchillo, fue Svetlana la que fue a comprobarlo, y allí estaba, una gansa acomodada en una cama junto a un interfono.

—Lo siento Isabella, te dije que colaborases, siempre fuiste muy tozuda, pero muy fuerte, no te olvidaré —dijo la gansa hacia el interfono. Palabras que dejaron sin aliento a la pitonisa.

—La tenemos.

El hombre sacó el cuchillo de la pierna de Isabella y la apuñaló repetidamente hasta acabar con su vida.

—Nos vamos —le dijo Svetlana a la gansa.

—Lo siento pero se equivoca. Ahora les toca ser pacientes —contestó el ave con aplomo.

—¡Ven! Me parece que no tiene intención de venirse con nosotros —dijo Svetlana a su acompañante quién entró ensangrentado al cuarto.

El hombre sin mediar palabra cogió a la gansa por el cuello y acercó la cabeza del ave a la suya.

—Me parece señorita que no está en disposición de realizar peticiones.

—Perdone, Cristo… pero el que no está en… disposición de amenazar… es vos… recuerde que solo yo sé que va a pasar… y vos no tendrá un sorete de mi si no me suelta ahora mismo… —respondió con dificultad el ave.

—Te dije que merecía la pena venir por ella —afirmó Svetlana cuando su acompañante dejó a la gansa de nuevo sobre la cama.

—Deja que recupere el aliento. Primero, déjeme decirle que tiene unos modales penosos. Segundo, ahora van a escuchar cuáles son los términos de nuestro trato, si es que quieren que esta relación sea productiva, y les aseguro que lo será. Y tercero, deberá limpiarme esta sangre para lo que viene a continuación.


Avenida del Libertador, número 1797

Sarah y Fred estaban nerviosos como nunca en su vida. La pequeña cruzaba sus dedos con fuerza para no ver un banco en la dirección que marcaba la carta, pero no era así, a la distancia podía verse un elegante edificio de apartamentos.

—Creo que vamos a tener suerte Fred.

—¡¿Sí?! ¿Por qué lo dices? ¿Viste algo?

—Espera… ¿Qué carajo es esto? —Sarah miraba el sobre y volvía a mirar la fachada de la consulta. —¿Gabinete de adivinación de la Hermana Astrid? ¿Pero qué pelotudez es esta?

Ambos se quedaron confundidos frente a la puerta de la consulta como dos conejos a los que les habían dado luces. Después de vivir los cuatro días más intensos de sus vidas, de atesorar sus sueños sobre una vida mejor, de sufrir cada día penurias bajo la tutela de su tía, el final del camino parecía incomprensible. Aunque ahí no quedaría la cosa.

Tras un par de minutos dubitativos, los niños tocaron a la puerta de la consulta. Al abrirse la puerta les recibió una mujer rubia con un ganso en sus brazos.

—Pasad chicos, os estábamos esperando —dijo la mujer con voz dulce.

El impulso de ambos fue salir despedidos de aquel inquietante lugar, pero la mujer cogió rápidamente a Fred del brazo viéndose abocados a entrar en la consulta.

—Quiero que estéis tranquilos, ¿vale? Llevo esperándoles unos días para que ahora lo estropeemos ¿verdad? —dijo Svetlana intentando tranquilizar a los muchachos mientras que Fred pataleaba.

—¡Soltad a mi hermano! ¡¿Quién sois?!

—Tranquilos niños, esta señorita me ha asegurado que van a cuidar de vosotros mucho mejor de lo que lo ha hecho la tía Pat —dijo la gansa dejando petrificados a los pequeños.

—Sarah… ese cisne ha…

—Ha hablado Fred… sí…

—Tranquilos hijos, soy mamá, yo os estuve enviando la plata todos estos años. Siento mucho que Pat no fuese una buena madre, pero… yo no podía cuidar de vosotros. Ahora estos señores os darán una vida como merecéis.

—¿Mamá? —dijo Fred con lágrimas en los ojos.

—Sí ratoncillo, mamá ha vuelto para no abandonaros nunca más —a lo que Fred, y después Sarah, abrazaron con fuerza a la gansa.

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